jueves, 15 de febrero de 2018

EL 15 – M de la Puerta del Sol de Madrid


EL 15 – M de la Puerta del Sol de Madrid
por Francisco Manuel Nácher


Ya son miles de años los que, casi sin fuerzas,
sin cultura, sin medios, sin ayuda y sin voz,
la Humanidad, sumida en su propia miseria,
ha sufrido y llorado y se ha tragado el dolor.


Y, entretanto, unos pocos, abusando, egoístas,
han ido acumulando riquezas y poder, 
ejecutando gentes y apropiándose ideas, 
sin darles a los otros ocasión para ser,
y despreciando vidas y penas y tristezas
y miseria y sollozos y pobreza y sudor,
y enviando a los hombres a morir a las guerras,
mirando hacia otra parte, sin fe y sin corazón.


Pero, ¿quiénes han sido, a lo largo del tiempo,
ese grupo de seres sin alma y sin piedad,
que han ido succionando la sangre de los pueblos
y haciendo de la suya la suprema verdad?


Empezaron los reyes, los dueños absolutos,
sentados en sus tronos “por la gracia de Dios”.
Les siguieron los nobles, ansiosos de tributos,
pernadas y batallas para aumentar su honor.


Luego, los dictadores, incultos y obsoletos,
con cuatro ideas fijas y enemigo exterior.


Votados por las gentes, llegaron los congresos,
prometiendo mil cosas, no cumpliendo jamás
pues, siendo del votante los justos mensajeros, 
el mensaje olvidaron apenas al llegar
y, lejos de la gente, sin oír sus lamentos,
se creyeron que el voto no se ha de meritar
y gastaron su tiempo y el oro de sus pueblos
luchando, sin modales, por volver a ganar.


Y, por fin, camuflados, leoninos, los banqueros,
¡capaces del suicidio con tal de tener más!


Y ahora, ya llegado el tiempo de los otros,
del pueblo, los que siempre sufrieron sin razón,
descubren que son muchos y piden, no ya el oro,
sino sólo justicia, decencia y pundonor.
Y, ejerciendo sus derechos, sin violencia ni haberes,
y cargados de estudios y llenos de razón,
descabalan la trama y les ponen deberes
a los que no supieron cumplir su obligación.


Y, a los bancos, causantes del mundial cataclismo,
del dolor de millones y el inmenso apagón,
los señalan, los marcan, los desprecian, los atan,
para que nunca salgan de su oscuro rincón.


La Humanidad respira, por fin, un aire fresco 
y se siente con fuerzas para recuperar
lo que le arrebataron y es suyo por derecho:
Todo el tiempo perdido, ¡casi una eternidad!


NOTA: Este poema lo compuse la noche del 15 - M, impresionado por lo que vi y sentí, caminando entre los manifestantes y leyendo sus carteles, reflexiones e ideas. Como resumiendo todo el movimiento y parodiando el “Pienso, luego existo” de Descartes, en una pancarta se leía: “PIENSO, LUEGO MOLESTO.”


* * *

miércoles, 10 de agosto de 2016

¡Hoy cumplo 88 años!

      

  Querido/a amigo/a:
         ¡Hoy cumplo 88 años!
         Parecería, pues, que debería ser yo el receptor de felicitaciones, pero es que me siento tan sumamente dichoso, que no puedo evitar la “tentación” de compartir contigo mi felicidad. Y ello me lleva a hacerte partícipe de mi  estado anímico, que he reflejado en este poema que te anexo. Léelo con atención, repítetelo, interprétalo y disfrútalo. Es una radiografía de mi alma en estos momentos. Y va impregnado de la vibración de amor más elevada que he sido capaz de  emitir.
         Pero tengo otro regalo para ti: entra en esta dirección:  http://www.kryonespanol.com/new/audios-traducidos/
            y escucha las cuatro canalizaciones últimas, las de arriba. Si te resuena algo por dentro, disfrútalas. Si no, deja que tu curiosidad quiera descubrir algo nuevo e interesante y escúchalas también. No te arrepentirás. Recuerda que el hombre ha evolucionado gracias a su curiosidad.
         Y si, una vez interesado, quieres profundizar, escucha las demás y/o pulsa en la cabecera, en “Preguntas y Respuestas”, y tu visión del mundo y de ti mismo se ensanchará y reflexionarás y te darás cuenta de muchas cosas que ignorabas.
         Pero no quiero terminar sin anexarte también una especie de resumen de los primeros 88 años de mi vida, para que te des cuenta de lo que una vida puede dar de sí.
         Y, por si te aburres y no sabes qué hacer, entra en este blog que, inesperadamente, me regaló un buen amigo internético, al que no conozco personalmente, y que contiene casi toda mi creación  literaria. Así me podrás conocer mejor “por dentro”:

                  Quiero con todo ello, pues,  agradecerte tu amistad que, en parte, ha hecho posible que mi trayectoria vital haya sido, digamos, por lo menos, aceptable.
                  Un fuerte abrazo. Paco

Hola Paco, buen día.,  te deseamos pases un hermoso día.
Fraternalmente, Edgardo Ceol 

*

jueves, 23 de junio de 2016

Oración Meditación y Afirmaciones diarias


ORACIÓN MEDITACIÓN Y AFIRMACIONES DIARIAS
Francisco Manuel Nácher

Sé que soy el que Yo Soy:
un espíritu inmortal,
cocreador y fraternal
dondequiera que yo estoy.

Soy una parte de Dios
y siembro amor por doquier
pues, ni en mí ni en los demás,
concibo que haya dolor
pudiendo existir placer.

Soy creador y, como tal,
nada ni nadie me asusta,
ni me agrede ni me obsesa,
ni me daña ni disgusta,
y voy cocreando mi vida,
libre y como a mí me gusta.

Y tengo felicidad,
abundancia y alegría,
confianza, seguridad,
atractivo, simpatía,
fortaleza, agilidad,
prudencia, sabiduría,
sana espiritualidad,
una total empatía,
espontánea remisión
de dolor y anomalías,
sabia colaboración
de oportunas sincronías,
clarividencia integral
en cualquier plano de vida,
una perfecta intuición
funcionando todo el día,
luz, amor, tranquilidad,
salud y una larga vida,
que habré vivido feliz
hasta el exacto momento
en que yo mismo decida,
una vez llevada a cabo
la labor comprometida.

Y soy dichoso de ser
y recordar bien quién soy
y lo que he venido a hacer.

Me despierto cada día
con más luz y más amor,
consciente de mi valía
y con más poder creador.

Las oleadas de Amor
procedentes de la Fuente,
apenas yo las percibo,
las comparto con la gente,
con el cielo, con el mar
y con todo ser viviente;
y el mundo se hace una fiesta
de trinos y de colores,
de abrazos y de amistad,
de perfumes y de flores
y de música sin par.

Soy Esencia, soy Presencia
y soy Luz y soy Amor;
soy Energía y soy Vida,
soy creado y soy Creador.
¿Qué más se puede querer?
¿Qué más se puede soñar?
¿Qué más puedo desear
sino, sólo, agradecer?

Sé que soy un avatar
del grandioso Amor Divino,
y estoy del todo seguro
de que Dios está conmigo,
pues lo siento, noche y día,
como a mi mejor amigo,
viviendo mi misma vida
fundido conmigo mismo,
con su grandeza infinita
y con mi libre albedrío.

Y ahora puedo comprender
de una manera integral
lo que, en verdad, significa
“amor incondicional”.

Porque, si Dios está en mí,
si soy Dios – y así lo siento –
al vivir tengo que amar
y amo sólo porque sí,
porque es mi esencia y  mi aliento,
sin buscar premio ni pago
ni equilibrio ni contento,
yvoy viendo  a Dios en todos
y todos Lo ven en mí
y, viviendo siempre así,
estoy siempre en mi elemento
y amo y vivo y soy feliz.


* * *

lunes, 6 de junio de 2016

Sólo símbolos



SÓLO SÍMBOLOS 
por Francisco-Manuel Nácher 

     Las palabras no son más que símbolos de ideas. Las frases, pues, no dejan de ser simbólicas de juicios. Y, como simbólicas que son, unas y otras han de ser sometidas a interpretación por su lector u oyente. 
        Pero, ¿con qué cuentan el lector u oyente para llevar a cabo esa interpretación? Con su conocimiento, su experiencia, su imaginación, su concentración, etc., todos elementos personales y exclusivos de cada uno de nosotros. 
      Por eso, lo mismo que cuando varias personas describen algo que han presenciado, cada una lo hace de una manera distinta y nunca coinciden en todo, sensu contrario, cuando varias personas leen u oyen una frase, cada una la interpreta en un nivel distinto, con una profundidad y un alcance diferentes, con un sentido diverso, dependiendo ello de todos y de cada uno de los elementos de que hemos hablado arriba, y que concurren en esa persona concreta. 
     ¿Qué hacer, pues, para acertar lo más posible al escribir o al leer/interpretar? Procurarse la mayor capacidad, el mayor nivel de conocimiento, de información y, por tanto, de interpretación posible, tanto en un caso como en otro. 
      Por eso hay obras ininteligibles para la mayor parte y las hay que todo el mundo entiende. Los cómics, por ejemplo, se escriben y se interpretan en un primer nivel, lo mismo que las noticias de los media. Las novelas rosa y los artículos de opinión, con los culebrones y las policíacas, pertenecen a un segundo nivel. Las obras literarias, a un tercero. Las poéticas, al cuarto. Las filosóficas, al quinto. Y las religiosas, las sagradas escrituras, al sexto, al séptimo y a otros niveles más elevados de interpretación, de conocimiento y de experiencia... 
    Tan es así que ocurre con frecuencia que la obra sobrepasa al su autor, es decir, que los símbolos por él empleados, interpretados por lectores con más conocimientos, elevación, preparación, profundidad o concentración, alcanzan niveles y significados que él no previó pero que enriquecen su obra considerablemente. Es el caso, por ejemplo, del Quijote, convertido en prototipo de la lucha entre el idealista y el materialista, entre lo bueno y lo conveniente, entre lo obvio y lo oculto, entre lo bajo y lo elevado, etc., todo y siempre según el nivel de cada lector. Y otro tanto ocurre con todas las obras que se han convertido en clásicas y que, precisamente por eso han llegado a serlo: Porque, cada uno a su nivel, pero todos los que las han leído, las han comprendido y las han disfrutado. 
     Lo que debe intentar, pues, todo escritor es, en primer lugar, escribir claro, es decir, con símbolos que todo el mundo pueda entender. Pero además, que esos símbolos puedan ser interpretados en distintos niveles, cuantos más, mejor. 
     Y luego, retirarse. Hacer mutis. Sólo si la obra alcanza un bajo nivel procede que el autor hable y explique y opine y se haga ver. Si la obra es buena, si sus símbolos son buenos, la obra vivirá su vida, cada vez más alejada de su autor que, en caso de intervenir, no haría sino limitarla.

* * *

domingo, 5 de junio de 2016

Reflexión sobre la vida y la muerte



REFLEXIÓN SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE 
por Francisco-Manuel Nácher 

       Cuando uno llega a cierta edad – y me estoy refiriendo a los alrededores, en más o en menos, de los ochenta años – no puede evitar el observar – y experimentar y comprobar – cómo la gente de su generación o ha desaparecido o está en trance de hacerlo. Es una ley de la naturaleza: todo lo que nace ha de morir, todo lo que empieza tiene un fin. Y, además de comprobar la desaparición de seres queridos, amigos y contemporáneos más o menos conocidos, uno no puede por menos de plantearse, ya con cierta seriedad, la inevitable pregunta: ¿cuándo me tocará a mí y cómo lo enfrentaré? 

       Porque, a lo largo de la vida, se ha tenido cierta sensación de impunidad, una como “seguridad” o convicción intuitiva de que eso de morirse era algo que sólo les ocurría “a los demás.” Recordemos a aquel párroco que, desde el púlpito, decía a sus feligreses un domingo: “… porque todos hemos de morir, incluso, a lo mejor, yo.” 
       
        Pero cuando, alcanzada esa edad, uno se para un momento en la vida, ha de reconocer que, pronto o tarde – más pronto que tarde – tendrá que engrosar el número de ”los demás”. 
      
        Y empieza a recordar a quienes ya han pasado a formar parte de los desaparecidos. 
      
      Y no puede evitar el recuperar rostros y caracteres y conductas; ni el revivir historias y anécdotas e incidencias. 
      
         Y se ve abrumado por la turbamulta de recuerdos que pugnan por situarse en la pantalla de su mente y, muchos de ellos, en la de su corazón. 
      
         Y se asombra de la diversidad de posturas que esas personas amigas han adoptado en el momento de tener que plantearse las cosas en serio y, a buenas o a malas, tener que mirar a los ojos a la generalmente tan temida Señora de la Guadaña. 
     
        Y recuerdo a una tía lejana por parte de padre, que aseguraba que “sólo se mueren los tontos”. Estaba llena de vida. Siempre había estado llena de vida. Siempre había rebosado energía, hasta el punto de sentir verdadera pena por quienes se morían, porque ella, estoy convencido, se intuía inmortal. Eso le vino muy bien para soportar los años de la decrepitud, pues siguió hasta el fin fiel a su convicción. E imagino que, cuando se vio en el otro lado, no dejó de sorprenderse de que a ella le hubiese sucedido aquello que la convertía, a tenor de su propia doctrina, en uno de los tontos, Pero no cabe duda de que le sirvió hasta el fin para vivir su vida con ilusión. 
     
         Y también recuerdo al amigo que, aquejado de un cáncer de páncreas avanzado, se negó a enterarse y sólo aludía a su “gastritis” y, mientras su cuerpo iba decrepitándose a ojos vistas, seguía trabajando normalmente y se indignaba con los que se interesaban por su salud, a la vista de su mal aspecto. Nunca lo quiso saber. Pero, a pesar de ello, le llegó el momento. Y entonces le costó aceptarlo y desprenderse de su cuerpo físico. Y su agonía duró horas. Muchas horas y muy dolorosas para todos. 
    
         Y recuerdo a la amiga afectada de un cáncer de mama con metástasis en casi todo el cuerpo que, conociendo la situación y sabiendo lo que se le aproximaba, sonreía y hablaba con los amigos con total serenidad, como si el morirse fuera tan natural como el nacer. Estaba madura. Ella me decía: no tengo ningún miedo; estoy preparada y hasta deseando que llegue y descansar un poco. Y murió con una sonrisa en los labios y en paz, rodeada de todos los suyos y aureolada por las oraciones de todos los amigos, convencidos de que iba a ser feliz.       
      Y recuerdo también a aquella otra amiga que, aquejada de la misma dolencia, y sabiéndolo, se negaba a morir. Y se sometió a todas las operaciones y a todas las sesiones de quimio y de radioterapia posibles y a todos los tratamientos paramédicos, hasta que resultaron ya impracticables, dado el estado de su cuerpo físico. Y se negó a dejar este mundo, aunque los amigos tratábamos, honesta y delicadamente, de hacerle comprender la inanidad de obtener unos días o unos meses más de vida en la situación de sufrimiento permanente en que se encontraba desde hacía ya años. Pero no quería morir, lo cual no evitó su muerte sino que retrasó innecesariamente el procedente descanso. 

        También recuerdo al amigo que fue sorprendido, a traición, por un infarto de miocardio y ni se enteró de lo que le estaba sucediendo, ni tuvo tiempo de reaccionar a ello en ningún sentido. 

       Y a la amiga que, víctima de cáncer generalizado, y presumida hasta el final, pasó sus últimos meses sin querer recibir visitas de amigos ni parientes porque no quería que la vieran en el estado de postración en que se encontraba. 
    
      Y al que, aquejado también de cáncer – ahora me doy cuenta de cuántos parientes y amigos han sido y están siendo víctimas de esa dolencia – hasta el ultimo momento se mantuvo sereno, sin una queja, sin molestar a nadie. E incluso unas horas antes de expirar, al preguntarle cómo se encontraba, respondió muy serio: ¡estupendamente! Y murió tranquilo, con sencillez, sin molestar. ¡Como había vivido! 
   
       Y recuerdo también a centenares – y quizás hasta miles - , de amigos y conocidos cuyas vidas se han cruzado con la mía en determinado momento para que intercambiáramos mutuamente las lecciones de que cada uno éramos portadores y, luego, hemos desaparecido de la vida del otro, aunque su mensaje y su recuerdo no nos han abandonado del todo. Y ahora, curiosamente, acuden con una nitidez desconocida que no hace sino presagiar lo lógico: la recapitulación final. 
     
       Y me asombra la cantidad de seres con los que me he relacionado: la familia en la que se nací, los compañeros de colegio, los convecinos y conciudadanos, los de la universidad, los del servicio militar, los del trabajo, la familia que he creado, los amigos de todas las épocas, los compañeros de ideas, de enseñanzas, de aprendizajes, de convivencia… todos y cada uno de ellos ocupados en la ascensión del monte de su propia vida, pero cada uno a su manera y todos dejando algo de sí mismos incorporado a mi biografía. 
  
     ¡Cuántas veces nos han consolado, ayudado, aconsejado, acompañado, defendido o seguido, o nos han combatido, contradicho, criticado u omitido! ¡Y cuántas lo hemos hecho nosotros con ellos! ¡Cuántas lecciones de vida hemos recibido de todos ellos! Y, ¿cuántas habrán recibido ellos de nosotros, si es que recibieron alguna? 

         Abreviando, podría todo esto expresarse, más o menos, así: 

Reflexión sobre la vida y la muerte 
(Soneto)

 Cuando miro hacia atrás en mi sendero, 
recorrido casi sin darme cuenta, 
una inquietud insana me atormenta: 
la de haber de asumirlo todo entero. 

Porque no todo ha sido placentero 
pues en él hubo paz y hubo tormenta
 y hubo virtud y vicio, y me violenta 
el no poder decir que fue sin pero. 

Afortunadamente, hace unos años, 
encontré la Verdad, que me ha servido 
para evitar errores y hasta daños y, 
con ella por lema, he comprendido 
la vida y su final, ya nada extraños, 
y con los que, tranquilo, he convivido. 

Francisco-Manuel Nácher 

* * *

sábado, 4 de junio de 2016

Sólo el amor


SÓLO EL AMOR 
por Francisco-Manuel Nácher 

   El amor, como sugirió Cristo, es el compendio de todas las virtudes: Las que nos relacionan con los demás porque, si hay amor, van incluidas en el ejercicio de ese amor; y las que se refieren al propio desenvolvimiento porque, si el objetivo es el amor, no hay más remedio que desarrollarlas para poder perfeccionarlo, ampliando la capacidad de amar. De modo que todas las virtudes están incluidas en el amor y por eso éste es una fuerza tan grande que, si se tiene por meta de la vida, hace efundir todas las demás, aunque no se busque directamente su desarrollo, porque todas no son más que partes del amor. 
      Del mismo modo, todos los mandamientos se resumen en uno: Amar. Amar a Dios, amar al prójimo y amarnos a nosotros mismos, en el fondo, es lo mismo porque todos no somos sino partes de Dios y somos uno en Él.  
      Si se pretende adquirir alguna de esas virtudes con miras interesadas y egoístas, es decir, para presumir, fingir, sacar provecho, progresar o ascender en esta vida, etc. en detrimento o a costa de otros, aparte de que el hábito que se adquiere no es la virtud en cuestión sino una burda caricatura, el que pretende, supuestamente, desarrollarla, se hunde cada vez más en la miseria moral y retrasa su evolución considerablemente. 

* * *

viernes, 3 de junio de 2016

Sobre la Epigénesis


SOBRE LA EPIGÉNESIS
por Francisco-Manuel Nácher 

        La evolución se basa en la Epigénesis, es decir, en la capacidad de improvisación, en la innovación, en la profundización, en la aclaración, en el descubrimiento, en la iniciativa, en el interés, en la ilusión, en la obediencia, en fin, en ese empuje permanente que es la más perceptible presencia de Dios. 
       La Epigénesis, pues, necesita de la libertad. Su ejercicio es posible, sólo, porque somos seres libres. Sin libertad no hay Epigénesis ni hay, por tanto, autoevolución, evolución consciente. Habrá evolución del espíritu-grupo, pero no del individuo e, incluso la de aquél, se deberá al uso de su propia libertad. 
      Por eso la Epigénesis es la antítesis de la norma. Por eso dice la Escritura que, “donde hay mandamientos, hay pecado” (San Pablo). Y por eso Cristo redujo todo el Decálogo a un solo mandamiento, que es la quintaesencia de toda la Creación: El Amor. “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”
      Cierto que la sociedad, para funcionar, necesita de la dejación de determinadas porciones de libertad por parte de cada uno de sus miembros. Pero debe siempre tender a dejarles la mayor parcela de libertad y de iniciativa y de creación posible. 
     Una sociedad reglada al extremo, que lo tiene todo normalizado y previsto, es imposible que haga evolucionar a ninguno de sus miembros. El ejemplo típico es el ejército tradicional donde, incluso las propias normas, explícitamente, exigen la obediencia, sin reflexionar, frente a la propia iniciativa, sacrificando así la evolución de sus miembros a una efectividad dudosa y efímera. Aunque, curiosamente, los actos militares heroicos, siempre se han llevado a cabo al margen de las normas que, en ese caso, se incumplieron. Por eso se condecora a los héroes, por haber excedido lo que de ellos se esperaba, es decir, por haber actuado más allá del deber, lo que equivale a decir, fuera o en contra de lo normal, de lo “normalizado,” de la ley.      Por eso Max Heindel se resistía a crear un Centro y a darle normas: Por miedo, como dijo, a su inevitable “cristalización”. Y por eso todas las órdenes religiosas, creadas por grandes santos, llevadas de las “Reglas” que las rigen, no han tardado en cristalizarse y dar más importancia a las normas y a su observancia, que a la capacidad de cada uno de sus miembros para “superarlas”, y se ha tachado de hereje, de heterodoxo, a quien se ha atrevido a ejercer su libertad, su Epigénesis. 
    Y, si se reflexiona, se comprueba que el mismo fenómeno se ha dado en la Iglesia como organismo, tan alejada del espíritu de su fundador y más preocupada por condenar, anatematizar y excluir y excomulgar, que en mejorar internamente y acercarse a la libertad, la tolerancia, la caridad y la comprensión, atenta sólo a las normas creadas por los hombres y anteponiéndolas al Amor, institucionalizado por el propio Cristo. 
   Y otro tanto se observa en los partidos políticos, en las empresas comerciales de cierta duración, en las familias de abolengo, etc.: Que las normas, lo que se espera de cada uno, lo que se hizo, lo que se estableció, aunque fuera en otras circunstancias y para otros fines, acaba privando sobre la originalidad, la innovación, y ahogando, apenas nacida, la libertad de sus miembros. 
   La única manera de llegar a ser dioses creadores consiste en situarse por encima de la norma. Sólo Dios está por encima de la norma, ya que ha sido su creador. Y sólo situándose por encima de la norma, es decir, actuando de modo espontáneo, de un modo apropiado, se puede comprender y disculpar y ayudar a los que aún le están sujetos. 

* * *