domingo, 5 de junio de 2016

Reflexión sobre la vida y la muerte



REFLEXIÓN SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE 
por Francisco-Manuel Nácher 

       Cuando uno llega a cierta edad – y me estoy refiriendo a los alrededores, en más o en menos, de los ochenta años – no puede evitar el observar – y experimentar y comprobar – cómo la gente de su generación o ha desaparecido o está en trance de hacerlo. Es una ley de la naturaleza: todo lo que nace ha de morir, todo lo que empieza tiene un fin. Y, además de comprobar la desaparición de seres queridos, amigos y contemporáneos más o menos conocidos, uno no puede por menos de plantearse, ya con cierta seriedad, la inevitable pregunta: ¿cuándo me tocará a mí y cómo lo enfrentaré? 

       Porque, a lo largo de la vida, se ha tenido cierta sensación de impunidad, una como “seguridad” o convicción intuitiva de que eso de morirse era algo que sólo les ocurría “a los demás.” Recordemos a aquel párroco que, desde el púlpito, decía a sus feligreses un domingo: “… porque todos hemos de morir, incluso, a lo mejor, yo.” 
       
        Pero cuando, alcanzada esa edad, uno se para un momento en la vida, ha de reconocer que, pronto o tarde – más pronto que tarde – tendrá que engrosar el número de ”los demás”. 
      
        Y empieza a recordar a quienes ya han pasado a formar parte de los desaparecidos. 
      
      Y no puede evitar el recuperar rostros y caracteres y conductas; ni el revivir historias y anécdotas e incidencias. 
      
         Y se ve abrumado por la turbamulta de recuerdos que pugnan por situarse en la pantalla de su mente y, muchos de ellos, en la de su corazón. 
      
         Y se asombra de la diversidad de posturas que esas personas amigas han adoptado en el momento de tener que plantearse las cosas en serio y, a buenas o a malas, tener que mirar a los ojos a la generalmente tan temida Señora de la Guadaña. 
     
        Y recuerdo a una tía lejana por parte de padre, que aseguraba que “sólo se mueren los tontos”. Estaba llena de vida. Siempre había estado llena de vida. Siempre había rebosado energía, hasta el punto de sentir verdadera pena por quienes se morían, porque ella, estoy convencido, se intuía inmortal. Eso le vino muy bien para soportar los años de la decrepitud, pues siguió hasta el fin fiel a su convicción. E imagino que, cuando se vio en el otro lado, no dejó de sorprenderse de que a ella le hubiese sucedido aquello que la convertía, a tenor de su propia doctrina, en uno de los tontos, Pero no cabe duda de que le sirvió hasta el fin para vivir su vida con ilusión. 
     
         Y también recuerdo al amigo que, aquejado de un cáncer de páncreas avanzado, se negó a enterarse y sólo aludía a su “gastritis” y, mientras su cuerpo iba decrepitándose a ojos vistas, seguía trabajando normalmente y se indignaba con los que se interesaban por su salud, a la vista de su mal aspecto. Nunca lo quiso saber. Pero, a pesar de ello, le llegó el momento. Y entonces le costó aceptarlo y desprenderse de su cuerpo físico. Y su agonía duró horas. Muchas horas y muy dolorosas para todos. 
    
         Y recuerdo a la amiga afectada de un cáncer de mama con metástasis en casi todo el cuerpo que, conociendo la situación y sabiendo lo que se le aproximaba, sonreía y hablaba con los amigos con total serenidad, como si el morirse fuera tan natural como el nacer. Estaba madura. Ella me decía: no tengo ningún miedo; estoy preparada y hasta deseando que llegue y descansar un poco. Y murió con una sonrisa en los labios y en paz, rodeada de todos los suyos y aureolada por las oraciones de todos los amigos, convencidos de que iba a ser feliz.       
      Y recuerdo también a aquella otra amiga que, aquejada de la misma dolencia, y sabiéndolo, se negaba a morir. Y se sometió a todas las operaciones y a todas las sesiones de quimio y de radioterapia posibles y a todos los tratamientos paramédicos, hasta que resultaron ya impracticables, dado el estado de su cuerpo físico. Y se negó a dejar este mundo, aunque los amigos tratábamos, honesta y delicadamente, de hacerle comprender la inanidad de obtener unos días o unos meses más de vida en la situación de sufrimiento permanente en que se encontraba desde hacía ya años. Pero no quería morir, lo cual no evitó su muerte sino que retrasó innecesariamente el procedente descanso. 

        También recuerdo al amigo que fue sorprendido, a traición, por un infarto de miocardio y ni se enteró de lo que le estaba sucediendo, ni tuvo tiempo de reaccionar a ello en ningún sentido. 

       Y a la amiga que, víctima de cáncer generalizado, y presumida hasta el final, pasó sus últimos meses sin querer recibir visitas de amigos ni parientes porque no quería que la vieran en el estado de postración en que se encontraba. 
    
      Y al que, aquejado también de cáncer – ahora me doy cuenta de cuántos parientes y amigos han sido y están siendo víctimas de esa dolencia – hasta el ultimo momento se mantuvo sereno, sin una queja, sin molestar a nadie. E incluso unas horas antes de expirar, al preguntarle cómo se encontraba, respondió muy serio: ¡estupendamente! Y murió tranquilo, con sencillez, sin molestar. ¡Como había vivido! 
   
       Y recuerdo también a centenares – y quizás hasta miles - , de amigos y conocidos cuyas vidas se han cruzado con la mía en determinado momento para que intercambiáramos mutuamente las lecciones de que cada uno éramos portadores y, luego, hemos desaparecido de la vida del otro, aunque su mensaje y su recuerdo no nos han abandonado del todo. Y ahora, curiosamente, acuden con una nitidez desconocida que no hace sino presagiar lo lógico: la recapitulación final. 
     
       Y me asombra la cantidad de seres con los que me he relacionado: la familia en la que se nací, los compañeros de colegio, los convecinos y conciudadanos, los de la universidad, los del servicio militar, los del trabajo, la familia que he creado, los amigos de todas las épocas, los compañeros de ideas, de enseñanzas, de aprendizajes, de convivencia… todos y cada uno de ellos ocupados en la ascensión del monte de su propia vida, pero cada uno a su manera y todos dejando algo de sí mismos incorporado a mi biografía. 
  
     ¡Cuántas veces nos han consolado, ayudado, aconsejado, acompañado, defendido o seguido, o nos han combatido, contradicho, criticado u omitido! ¡Y cuántas lo hemos hecho nosotros con ellos! ¡Cuántas lecciones de vida hemos recibido de todos ellos! Y, ¿cuántas habrán recibido ellos de nosotros, si es que recibieron alguna? 

         Abreviando, podría todo esto expresarse, más o menos, así: 

Reflexión sobre la vida y la muerte 
(Soneto)

 Cuando miro hacia atrás en mi sendero, 
recorrido casi sin darme cuenta, 
una inquietud insana me atormenta: 
la de haber de asumirlo todo entero. 

Porque no todo ha sido placentero 
pues en él hubo paz y hubo tormenta
 y hubo virtud y vicio, y me violenta 
el no poder decir que fue sin pero. 

Afortunadamente, hace unos años, 
encontré la Verdad, que me ha servido 
para evitar errores y hasta daños y, 
con ella por lema, he comprendido 
la vida y su final, ya nada extraños, 
y con los que, tranquilo, he convivido. 

Francisco-Manuel Nácher 

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